El ensayo transgénico

By laempresadevivir

Kellemes deduce que la literatura se impondrá a sí misma la misión de crear lenguajes y de instalar en la problemática misma del lenguaje una exigencia ética. Se escribe para detener el flujo de lo dicho, para levantar un dique en el murmullo incesante de la lengua y para contrarrestar con nuevas sintaxis los valores impregnados en la transmisión literal.

Para Kellemes la mentira es parte de la pulsión del contador de ficciones. Quiere entretener como lo hacen los domadores de circo, pero, por supuesto, no sólo eso. En la búsqueda y en la escritura literaria hay una iniciación hacia un nuevo mundo creado por palabras que si bien ya fueron dichas nunca lo fueron de ese modo y en una nueva combinación. El escritor es alguien que piensa frase. Miente, su pacto con el lector no es el de mentira-verdad sino el de placer-displacer.

El placer resulta de crear la imagen de un lenguaje que fascine, que capture la mirada y que haga del lector un cautivo del tiempo expresado en la sucesión de líneas y páginas que expresan el latido del estilo y la forma de su intriga.

Según el húngaro (Kellemes), el filósofo no miente, su pacto con el lector es el de mentira-verdad de modo excluyente. No sólo el filósofo, sino los que ejercen una escritura con aspiraciones teóricas. Importa la claridad, el orden y la exhaustividad. Se trabaja la forma, porque el orden de exposición es el producto terminado, un envase que debe dar la mejor cuenta del proceso de investigación. Pero no hace del lenguaje una imagen. Lo que importa es el control del orden argumentativo, la presencia de testigos creíbles en la forma de itas, y el llenado o completud. El modo de exposición teórico se acerca más a los escritos jurídicos que a cualquier otra forma de expresión.

No es éste el momento de su desarrollo, pero sería interesante ahondar en las hipótesis de Rostas acerca de la curva diferencial de los tiempos de lectura de la teoría y la novela. Mientras la intriga de una novela se despliega en un tiempo lineal con momentos de aceleración, el tiempo de la lectura teórico es a retropropulsión, de avances y retrocesos según lo dicte la esfera de las dificultades.

Kellemes reduce ahora el enfoque de su mirada y anuncia que de los discursos con pretensiones teóricas se limitará al ensayo, un género muy permeable a bacterias extrañas y con limitadas pretensiones de corte científico.

El ensayo ensaya ideas, puede divulgar pero también anticipar, es híbrido, ambiguo; hasta ahora las definiciones del ensayo que se han dado desde Adorno a Barthes refuerzan esta impresión.

¿Qué pasaría si se confeccionara un modo de escribir teoría al que se le incorpore el gen de la intriga e inocule una temporalidad lineal y acelerativa en lugar de la vacilante y retropropulsiva de la tradición erudita?

El ensayo tiene la misión de todo discurso teórico que es el de informar y explicar. Los datos son públicos, al alcance de la prueba a la que quiera someterlos el lector. Puede consultarlos y cotejarlos. De ahí las citas y las fuentes bibliográficas. Es el democratismo de la teoría. Todo es público y comprobable, y la pericia se debe medir en la inteligencia en relacionar los datos y en la riqueza de la información.

Por un lado hay una intromisión del periodismo, de la actualidad, en la ficción, de modo tal que no es posible desendar la madeja de un relato que tiene como personajes a figuras públicas.

Wilson ya desde los años veinte es propulsor de someter el relato de actualidad a los imperativos de la ficción, al arte de la construcción de personajes y al desarrollo de la intriga.

Kellemes dice que Wilson ha inoculado un gen novelístico en la crónica cotidiana. En realidad esta inoculación es recíproca, el gen transita a veces hacia uno de los cuerpos, y otras hacia otro.

La filosofía es cada vez menos discurso y cada vez más efecto. Es la resonancia que queda del silencio provocado por una frase que detiene el saber.

Para inocular el gen de la ficción en la filosofía no se debe adosar una leyenda, una alegoría o un mito ilustrativo a una construcción filosófica, sino hacerlos intervenir en el mismo armado de la construcción teórica.

Cuando un historiador -Kellemes cita a Paul Veyne- pone sobre la mesa su vasta erudición académica y la contornea con detalles mínimos acerca de las formas de vida de una comunidad, también ha inoculado un gen novelístico en la narración histórica. En realidad, el historiador podría haber ampliado -si no lo ha hecho- los detalles pintorescos de la vida romana, por ejemplo haciendo uso de sus conocimientos nutridos por la imaginación, y, sin preaviso al lector, enriquecer con imágenes inventadas, no ciertas pero posibles, el escenario. Por supuesto, esto no sólo implica un nuevo contrato de lectura, sino la expulsión de la sociedad de historiadores.

Por eso, quizás, no ha sido visto, salvo raras excepciones, la inoculación del gen de la ficción en el ensayo teórico, pero no el gen del detalle solamente, sino el gen de la invención. Mentir. Las principales razones se deben a prejuicios inveterados, intereses corporativos, y por puritanismo iconoclasta.

Kellemes dice que esta operación transgénica tiene tres funciones críticas:

a) Un dispositivo contra la censura. La dupla mentira-verdad es reductora. Refuerza el mito teológico de la creación con su cancerbera: la imaginación; y permite las sanciones del aparato filosófico-científico que exige rigor, erudición y seriedad. Refuerza el discurso del poder, en el sentido de Roland Barthes: todo discurso que engendra la culpa.

b) Una operación contra el pensamiento binario que establece una relación pobre y unilateral entre lo real y lo posible. Kellemes, en uno de sus artículos, mostró su interés por el filósofo francés Gilles Deleuze, y el modo en que había trabajado las relaciones entre lo posible y lo real, en sus estudio sobre los empiristas, Bergson y el mismo Kafka.

Lo real no es lo que actualiza lo posible según lo que la relación latente-manifiesto pudiera hacerlo creer. Es lo posible lo que desactualiza lo real. Marca en el dato, en la información, una línea de fuga y la apertura hacia nuevos mundos. Deleuze es un filósofo, reconoce Kellemes, que nunca estuvo bajo la presión de la exactitud ni del rigor de la censura desde la veracidad. Lo que sí buscó es una ventana, nuevos espacios, zonas de movilidad, fintas. Como dijo Nabokov: “¿Qué hubiera hecho la literatura sin ventanas?”

c) Abre la posibilidad de que el mito de Babel y la confusión de lenguas, lejos de constituir un espacio de terror en el que ya nadie sabe lo que es el bien ni el mal, es la apertura de un espacio para construir nuevas lenguas y nuevos mundos rompiendo los muros clausurados de la esterilidad documentada.

Pálido fuego, y, fundamentalmente, la edición que hizo Nabokov de Eugenio Oneguin, muestran la operación erudita al servicio de la ficción, y la extensión del campo del conocimiento más allá de la información. Por este camino, pensar no es sólo meditar, ni calcular, también es imaginar.

Fragmentos de “El ensayo transgénico y las teorías de Gyuri Kellemes” del libro: “Situaciones Postales” de Tomás Abraham.

3 comentarios para “El ensayo transgénico”

  1. Laura Dice:

    Es interesante este texto. Siendo una ávida lectora de ficción, la lectura de ” La empresa de vivir” me significa un dificultoso proceso ” a retropropulsión, de avances y retrocesos”.

    Para los que saben: ¿ Se puede considerar que Nietzche hizo intervenir la ficción en la Filosofía, o le inoculó su gen? l

  2. Laura Dice:

    Perdón, Nietzsche.

  3. mariano Dice:

    (sí! qué bueno que algo deje de no tener comentador!)
    También a mí me parece interesante. Quien le inoculó el gen de la ficción a la filosofía fue Kant, y la teoría del “como si”. después están los positivistas lógicos que pretenden de nuevo depurarla y volver a reconocer un discurso de verdad, y más después (o antes y mientras) algunos nómades operan una mutación genética para hallar los resquicios en los datos. Nietzsche es lo más grande que hay; imaginate que a los 22 años escribió (…¡tiene la extensión de una monografía!) un ensayo, donde hace su interpretación de una breve fábula con la que ilustra la posición del conocimiento respecto de la naturaleza, lo llamó “sobre verdad y mentira en sentido extramoral”. Para Nietzsche, la naturaleza es “superior” al conocimiento y necesita de ilusiones (es decir, de no verdades que son tenidad por verdades). Pero ya no necesita la ilusión de la Verdad. Incluso no tiene “derecho” a ilusionarse con ella.
    Bueno, sin embargo la empresa de vivir es un libro de “ensayo” quiere decir, un híbrido que tiene las funciones de la teoría, pero a la vez un tiempo líneal, con personajes, intriga, suspenso, escenas. Sí, está bien, nosotros estamos pretendiendo (y le hacemos) una lectura “teórica”, tras una enunciación de verdad que es completamente de otro género que la (del prejuicio) moral-. La intromisión de la actualidad es el experimento crucial, y al que debe someterse.

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