Ileana Fayó
Nuevas formas racionales de organizar el hacer
Se mencionó anteriormente que, entre tantas modificaciones, en un mundo que cambió y que nadie entiende a fuerza de analizarlo, T.A. se propone problematizar una: la pretensión de la economía de arrogarse un espacio ético, su dispersión en el espacio cultural (lo económico, objeto de la E.V) y su pretensión filosófica (más específicamente, su deseo de ocupar un lugar fundante). Como parte de la consecución de ese objetivo, T. A. recorre, en su apartado acerca de los puntos de vista respecto de la verdad markética, las líneas de fuerza principales de la literatura del management, abocada a la creación de valores a partir de la creación de cosas.
Existe actualmente cierta inclinación de los intelectuales a desdeñar esta literatura; en el caso de los tradicionales, dice T. A, porque las novedades allí expresadas plantearon nuevos interrogantes para los cuales no estaban preparados; por otra parte, los intelectuales críticos, despreciaron a la economía, quizás con demasiada facilidad, al considerarla una disciplina al servicio del dinero y de sus propietarios, consideración que autorizaba a no analizarla. T. A. no centra su estudio de lo económico desde esa perspectiva, ni siquiera desde un único punto de vista, sino desde varios, profundizando en toda una serie de efectos, que permiten considerar la emergencia de una racionalidad económica como un fenómeno complejo. La guía es esa otra manera, propuesta por Foucault, de estudiar las relaciones entre racionalidad y poder. Ya se ha puesto en entredicho, indica Foucault, el lazo entre la racionalización, especialmente de la razón política, y el abuso de poder. Se pregunta entonces ¿Qué hacer con un dato tan evidente? El análisis sugerido consiste en estudiar cierta racionalidad como un proceso entre distintos campos fundados en experiencias fundamentales, descubrir así qué tipo de racionalidad se utiliza, realizar una genealogía de ese proceso referida a tiempos más alejados que el pasado inmediato. Un análisis entre experiencias y tecnologías del poder, formas racionales de organizar el hacer, según las define T. A. Con racionalidad no se refiere, a una razón general, sino a un tipo de racionalidad específica, en el caso de la E. V. la económica dijimos. De todos modos ¿Cuál es su importancia si se compara las rígidas jerarquías disciplinarias con las móviles y flexibles de las nuevas formas de organización y gestión empresarial, a los hombres del acero con lo versátil de la comunicación y la habilidad para el diálogo de los nuevos líderes; a los reglamentos, la disciplina y la orden con cierta “democratización” de los códigos, el trabajo en equipos y la motivación permanente? Esto no es simplemente la consecuencia de nuevas reglas del derecho, de la insuficiencia de las formas políticas o de los condicionantes de la estructura socio- económica, ni siquiera se trata de los efectos del ejercicio del poder disciplinario, cuyas instituciones y reglamentos en crisis, siguiendo a Deleuze, nos ocupan en la administración de su agonía mientras nuevas fuerzas se deslizan e instalan sin ser percibidas. Estos quizás sean efectos. Pero esas nuevas fuerzas que los propician (por ejemplo los nuevos modos de funcionar de los poderes económicos, que han cambiado la concepción clásica e institucional de la política), que parecerían no tener que ver con lo que lecturas actuales definen como biopolítica, van delineando, en cambio, lo que se denomina aquí sociedades de gestión. Se trata también, en fin, de una investigación sobre las subjetividades creadas, acerca de la forma novedosa de producir un nuevo tipo de hombre, dichoso y rico, lee T. A. en la literatura del management.
En un momento en que no hay límites a la total integración del individuo a la vida del mercado, de desarrollo de toda una tecnología que hace posible la disolución de los límites entre la vida y los negocios, como planteó como eje de su reflexión acerca de las éticas empresariales Nicolás, T.A. propone una puesta en cuestión de la benignidad que la literatura gerencial le adjudica a la empresa y a los negocios; en tanto generalidad de la acción humana, por cuanto, es en el lenguaje de la economía, junto al filosófico, en los cuales se discute hoy todo lo humano.
Una lengua bífida…
Esta nueva lengua se escinde en dos lengüetas de una misma serpiente que cambia las escamas recomponiendo su disfraz en sus propios márgenes. El sistema lexical sufrió una metamorfosis, mudó su cáscara. Una lengua bífida desliza reglas de comprensión, expresa la producción de un saber y un orden discursivo que legitima y produce verdades que pretenden un orden bajo el dominio de la racionalidad económica. Es a través de esta última que se abre paso y se dispersa en la cultura la economía. La filosofía, en cambio, penetra como espiritualidad, (entre otras espiritualidades) en respuesta, en compensación, de una demanda creciente de eticidad.
Una espiritualidad:La vieja ramera del saber
En la conferencia “Omnes et singulatim: hacia una crítica de la razón política” Foucault señala que en nuestras sociedades, es decir, con el desarrollo de los Estados modernos y la organización política de la sociedad, el papel de la filosofía también ha sido el de vigilar los abusos del poder de la racionalidad política. Esto era pedirle demasiado.
T. A. dirá entonces algo más respecto de sus lecturas de Foucault, especialmente de los seminarios sobre la biopolítica. En la actualidad, el renacimiento de la filosofía no lo es de cualquier filosofía, sino de la filosofía ética, que opera desde un nuevo dibujo moral y coincide con una suerte de muerte de la política; la ética es el nuevo conversor de la política ausente, se coloca ahí como presencia espiritual en donde falla el control material. Pero es también otra vez la filosofía, esa vieja ramera del saber, como promotora de preguntas, constructora de interrogantes, una voz en alto que aleja la fascinación y frena el impulso fantasmal de la verdad.
Y un alma: La empresa
Dice Deleuze en Mil Mesetas : “El cuerpo no se reduce a un organismo, como tampoco el espíritu de cuerpo se reduce al alma de un organismo. El espíritu no es mejor, pero es volátil, mientras que el alma es gravífica, centro de gravedad”, La empresa es el resultado de la acción de los cuerpos pero sin cuerpo propio, es un alma porque es en sí un centro de gravedad de una organización y del negocio, allí donde se hace negocio está la empresa, en parte, porque la consideramos también un gas, es decir, que por definición es un estado de agregación de la materia que no tiene forma ni volumen propio, que en su puro emprender adquiere una materialidad. Su principal composición son moléculas no unidas, un caldo de moléculas expandidas y con poca fuerza de atracción, que hacen que no tengan volumen y forma definida, provocando que este se expanda para ocupar todo el volumen del recipiente que la contiene temporalmente. Esta difícil morfología es la que administra a los individuos en la actualidad y que se encuentra junto al sujeto de forma continua, es una forma de gestión o control continuo. El ser un alma y un gas representa su virtualidad. El espíritu en cambio es grupal, diluye las rígidas jerarquías e impone la alegría de las sectas. Empresa virtuosa y virtual, he ahí la cosmovisión empresarial.
Un nuevo nombre del bien, una nueva crítica…
El nuevo dios sin nombre sustenta su aparente bondad en una verdad que justifica su dominio. T. A. expone la penetración de un tipo de racionalidad implicada en el ejercicio de poder de capital, en desenmascarar su apariencia dulce y flexible, esa supuesta benignidad. El desenmascaramiento consiste en exponer el escenario trágico en el que interviene. ¿Qué es esto?
En primer lugar, la tragedia hace alusión a la imposición de un destino, de un “así y no de otro modo” que, además, es fatal. Esto es así incluso para quien osa rebelarse a él, cuyo castigo es claro para aquél que propone un desafío claro (este es el modelo prometheico) o uno que deviene luego de haber sido disfrazado el hado bajo una imagen de bienaventuranza encantando al protagonista que se apropia de lo que cree suyo, a partir de un saber absoluto. En este último caso el castigo hace estallar aquella apariencia y devela al sujeto que creía saber que está sumergido en la más absoluta oscuridad (modelo edípico).
Por otro lado, la inexorabilidad del destino se presenta ante la percepción social no en la forma de la amenaza del encierro, sino la del miedo a quedar afuera. Se puede estar fuera del mercado y del Estado a la vez, esa zona es la de la marginalidad, de los crecientes supernumerarios, del tiempo de la no ocupación, un verdadero infierno. Pero en rigor, la marginalidad no está afuera, no hay interioridad, la marginalidad creciente es una parte importante y una condición, de las sociedades de gestión. Esto da que pensar acerca de ¿Cuál es el sueño de esta voluntad de poder humana que aspira a confeccionar mundos a la medida de sus valores? Felicidad e inclusión total del individuo al mercado. Hombre, vida y negocios se hacen uno, un nuevo conjunto, una nueva forma de inclusión y exclusión (que ya no es un asunto de color racial o facción social) que define la naturaleza del poder. En sí, un nuevo presente absoluto que T. A. resume como una angustia que se reduce a no entrar al sistema, a quedar afuera, del otro lado, a tener el temor de una vez traspasado el umbral se puede no volver si no es en la forma de marginación, social o nacional.
Pero hay algo más que define este escenario trágico, y que tiene que ver con el funcionamiento del poder, su carácter metonímico, la perdida de las causas, su desplazamiento a espacios contiguos e infinitos agregados que diluyen la línea, graficado por el diagrama adjudicado a la arquitectura tribunalicia ideado por Kafka. No hay origen, demostraciones, sino una búsqueda infinita del sujeto de poder. El dominio de lo inconmensurable mata a la política y allí aparece la ética, primero, lo hizo bajo la forma de derechos humanos, pero rápidamente, tras la caída de las convicciones ideológicas y la reflexión moral del pasado reciente, la ética fue solicitada por la economía. De allí en más, la ética la pide el mercado y el management, la hace la empresa y la compra el marketing. Mercado de ética e inflación ética por exceso de consumo.
Eticas empresarias y ética de las empresas
T. A. propone tres espacios en donde la racionalidad económica fragua éticas, construye valores, discute las verdades culturales, produce un nuevo tipo de saber, hombres e identidades: empresa, trabajo y Estado ¿De qué forma la ética expresa un vínculo con la empresa? En este primer apartado observaremos algunas de las formas posibles que adopta esa relación y que asimismo definen cada uno de los puntos de vista que presenta T. A. en la E. V. Veamos de qué se trata.
I
Desde el punto de vista cortesano la ética mantiene con la empresa una relación servil y funcional. Basta con pensar que los saberes gestados por esa relación nacieron de reflexiones acerca de los defectos de la cultura del trabajo en Estados Unidos, frente al éxito de de los modelos de gestión empresarial japoneses. El objetivo de esta ética al servicio de la gestión, manejo de hombres y cosas, era mejorar la productividad, potenciar la eficiencia, eficacia y excelencia y mejorar la administración misma de los recursos de la empresa. Por ende, vemos que a los cortesanos les pertenece una concepción particular de la ética, de tipo aristotélica, entendida como un saber práctico que orienta la acción, de forma razonable, y cuya utilidad está en función de hacernos mejores de lo que somos. Pero no solo se hizo referencia a la especificidad de los negocios, sino que se ubicó a los negocios en la generalidad de la acción humana. Esto se combina con la caracterización particular que hacen de la empresa. La empresa es el paradigma de las sociedades organizacionales. No es el individuo, sino las organizaciones -atravesadas por el modelo rector de la empresa -quienes producen una nueva cultura, moral, las conversiones, etc. Las instituciones clásicas son trascendidas y penetradas transversalmente por la empresa, cualquiera de ellas, la escuela, la universidad, la familia, pueden ser concebidas como una empresa.
Esta relación que, como vemos, se complejiza, en la medida de que trasciende su objetivo de mejorar el negocio, para debatir acerca de todo lo humano, en la medida de que tiene pretensiones totales, elabora una creencia en las bondades del capital. ¿De qué forma? Vemos que aparecen valoradas nuevas virtudes en los hombres. Los líderes de la empresa, a diferencia de los jefes rígidos, autoritarios y parcos que vigilaban y castigaban según el modelo de las viejas instituciones disciplinarias, estimulan, motivan y dialogan para fomentar el esmero del equipo de trabajo. Se aprecia de estos nuevos hombres su habilidad para la comunicación, la enseñanza, la gestión, la aptitud para el cambio, adaptación, autocrítica y dirección del compromiso y el consenso, el delegar antes que la mera ejecución de órdenes jerárquicas. En esta concepción del liderazgo se observa la forma particular en la que el management considera al Estado y al gobierno de los hombres. El poder del Estado, según esta concepción, se ejerce según el monopolio de la violencia y la presión impositiva, se corresponde con una forma autoritaria de gobierno de los hombres a la que se opondría el mercado, que sería la negación de la coerción y la violencia en favor de un sistema de servicios cuyo objetivo es conquistar un público consumidor y satisfacer sus preferencias. Según esta concepción, el estado natural del hombre es el del hombre feliz, servicial y emprendedor, y no el de la violencia. Niega así cualquier naturaleza conflictiva del hombre, como la necesidad de salvación de la sociedad por una parte de la sociedad, justificación de la existencia misma del Estado. El estatismo, deslegitimado, vuelto de bondadoso en un obstáculo, convertido en un mal; es cuestionado en la medida de que no estimula, entonces, las nuevas virtudes requeridas a los hombres por el capital y altera el equilibrio de ese orden natural. No se trata de desestimar que las políticas de Estado siguen siendo una preocupación y objeto de luchas, existe de hecho un deseo intenso por reestablecer el estado benefactor, pero esta forma de gobierno, sus objetivos e instrumentos, no se corresponde en la actualidad con el gobierno efectivo y práctico de los hombres. Las bondades del capital benefactor, se expresa tanto en esa concepción particular de la empresa, de la que ya hemos hablado, como en las formas nuevas de trabajo, que en verdad supondría el desplazamiento de las formas de trabajo productivo e industrial, por una versión original de las formas de servidumbre. De sus filas nacen los nuevos santos y mártires, aquellos que se sacrifican en pos de servir a los demás.
II
Es posible considerar que el análisis del punto de vista escéptico reviste otra complejidad en la medida de que las posiciones respecto de la empresa no sólo no son aparentes y homogéneas, sino que se caracterizan por ser ambivalentes. Ambivalencia cuya orientación y cuyo efecto es escéptico. No puede dejar de confundirnos la complementariedad de una crítica lúcida con correcciones más éticas, más morales aún, que las que fueron sujetas a problematización.
¿Cómo pensar esta ambivalencia?
T. A. caracterizará a estos discursos como falsamente críticos, no sólo porque ofrecen una nueva enunciación del bien, un orden moral novedoso y buscan un espacio de legitimación, asumiendo además un compromiso, el de ofrecer moral de la mejor calidad a las empresas siendo sus consultores; sino que los discursos escépticos son falsamente críticos asimismo porque sitúan la falacia de la ética de los negocios y del management moralizador en la impureza de su labor y no en un análisis político de la estructura de legitimación del management. Esta frase es sumamente importante para superar la aparente contradicción de este punto de vista. La crítica es falsa en la medida de que el problema está mal formulado. Su objeto de problematización es moral y ético y no político, a sabiendas de los límites que supone el reformismo moral. Esto se enuncia desde el título. T. A. ubica a este punto de vista dentro de las éticas empresariales y no junto a la ética de empresas. En este punto T. A. postula un criterio para distinguir no discursos dogmáticos y poco inteligentes de los supuestos críticos e ingeniosos, sino discursos críticos de los que no lo son, existiendo dentro de ambos matices a los que el mismo autor se refiere.
De forma genérica los escépticos son críticos con la empresa, aunque asumen que no es posible esgrimir posiciones nostálgicas respecto del Estado o viable sostener las teorías de su desaparición. Es decir, aceptan la irreversibilidad del avance de la modernidad poscapitalista mientras se cuestiona a la empresa como una entidad cultural con pretensiones totales.
Para Lipovetsky la empresa es, como para T. A., el alma que complementa a la espiritualidad ética. En otras palabras, la markética busca en la empresa su alma y la empresa busca en la ética de los negocios su espiritualidad. La espiritualidad ética es importante en la medida que sirve a la sugestión y el control de las almas a través de nuevas tecnologías ligadas a la comunicación, la imagen, la gestión y el comercio. Pero en ese momento, al momento de establecer jerarquías, Lipovetsky soslaya en términos de importancia el rol que juega la markética que según este autor en palabras de T. A., supone una ilusión que no tiene otra pretensión que dar una satisfacción moral sin cambio material. Lipovetsky esbozará algunas correcciones, como exigirle a la ética ser más razonable, que reconcilie valores e intereses. El problema para este intelectual no pasa por la espiritualidad ética, sino por una tecnología irrefrenable. La transformación provendrá entonces de los avances tecnológicos y del buen uso de las mismas armas.
Para Etchegoyen la empresa es un lugar de privilegio del “Vals de la ética”, ética que en la operación de legitimación Etchegoyen separa de la moral. La ética es el comienzo de la claudicación de la moral imperativa y categórica.
Abraham, sin embargo, describe de que manera esa ética construye un sin número de valores, una larga serie de números morales. La de Etchegoyen es una suerte de metafísica comercial, cuya idea reguladora, condición de toda acción y organización es el cliente que purifica al mundo empresarial a la manera de la vieja ética mercantil.
Pero Le Goff señalizará una dificultad interesante al respecto. Argumentará que la crítica al egoísmo del consumidor- que bien podría ser una respuesta a las ideas de Etchegoyen- se compensa con el mito de la empresa ciudadana.
Otra de sus críticas está referida al tipo de trabajo. Si bien se sugiere que los sujetos no son moldeados en las empresas, sino que surgen del desarrollo libre de los individuos. ¿De dónde proviene esta servidumbre que se nos ocurre voluntaria? – se pregunta. Y sugiere Le Goff que es a través de la cultura que se interiorizan un conjunto de normas, que hacen de la empresa una comunidad orgánica de pertenencia y no una institución civil. La empresa retorna en términos morales como compensación o reemplazo ante la crísis de las figuras tradicionales de la Iglesia, el ejército y la familia. ¿Cómo se revierte esto? Le Goff propone más ética, a través de conformar grupos filosóficos en las empresas que contribuyan a una pedagogía de la gestión que se propone moralizar las corporaciones.
Me interesa aquí extraer una primera conclusión en referencia al hallazgo de Nicolás, referido a la distinción entre éticas empresarias y ética de empresas. Propongo considerar como criterio que las éticas empresarias son aquellas que banalizan los espacios de poder.
No se trata de cuestionamientos o interrogantes éticos a través de un sistema de problemas, sino de respuestas confeccionadas, aduladoras o correctivas, aún sean verdades hipotéticas como las sugeridas por Etchegoyen. La markética tiene pretensiones de verdad, en su versión cortesana o falsamente crítica, de las mitificaciones sobre las que se sostiene el poder.
III
El punto de vista crítico no propone reformas depuradoras. No se trata de funcionalidad con y adulación a los consultores, simplemente porque ni siquiera es consultable. Quienes esgrimen discursos críticos proceden como Diógenes “el cínico”, dice T. A. en el sentido que Foucault le dió, en tanto decidores de verdades que se enfrentan al poder.
Alain Ehrenberg es elegido por T. A. para representar este punto de vista. El objeto de estudio de su libro Le culte de la performance (1991), según T. A., es el lugar de la empresa en nuestra cultura y, más específicamente, la incidencia de la mítica deportiva y el ideal vacacional en las relaciones laborales. El episodio curioso de su genealogía lo constituye el club Mediterranée, fenómeno en el que convergen la modernidad tecnológica y el desarrollo del potencial personal, la utopía tecnológica y el sujeto soberano.
Ehrenberg descubre ciertos paralelos entre la estética deportiva y la ética empresaria. Desarrolla de qué manera se definen las conductas empresariales modernas a partir de la identificación del personal con los deportistas. Esto supone que el deporte deja de ser recreativo para ser parte de la eficacia de la empresa y esta última ha dejado de ser un lugar de trabajo para ser un campo donde se dirime la competencia para lograr un lugar en el podio. La dimensión cultural de este encuentro se observa en el hecho de que la forma física y la apariencia es nuestro nuevo rostro moral, define las posibilidades de inserción en la empresa, el futuro en ella y la dignidad del protagonista. Dimensión cultural porque crea un modelo, un modelo cultural y una técnica de fabricación de autonomía: el empresario, quien emprende, crea en función de un proyecto personal y demuestra voluntad de ganar. Es un hombre que se deshace de las rutinas, de las inseguridades y se arriesga a ser sí mismo. Esta autenticidad, afirma Ehrenberg, es indisociable de la visibilidad. Se borra el espacio íntimo de la identidad y el espacio público de la realización. Soy lo que hago, y no solo eso, lo que hago que otros pueden observar y reconocer.
IV
La ideología empresarial festejó el fin de una era del capitalismo, la de los efectos de la Revolución industrial y del perfeccionamiento de los dispositivos autoritarios de gestión, del control del tiempo, de la disciplina del trabajo, de los cuarteles militares y fabriles, de la invención bélica, así como de la recurrencia a las armas y los estados totalitarios para dirimir conflictos. El capitalismo informático -dicen economistas, consultores y especialistas- produjo una verdadera revolución en la medida que aceptemos que realizó una verdadera transformación microeconómica, mutando los dispositivos de gestión a formas más flexibles de trabajo, que exigen mayor capacitación, de la administración del tiempo y tareas, en base a la necesidad de consensos para la toma de decisiones, promoviendo el control de la calidad de los bienes, pero también de la vida misma.
Tales verdades han sido puesta en duda de una singular manera, sugiere T. A., singularidad que reside en que el análisis no está sujeto a la moraleja, a la amonestación pastoral o a la metaética. Se trata de una narrativa que incluye una cuota necesaria de perversión y humor, junto a la libertad que le otorga el hecho de transitar laberintos intelectuales, como ocurre con el trabajo de Robert Jackall, The Moral Mazes (Laberintos morales), escritor y texto elegido por T. A. para expresar el punto de vista materialista, entre otras cosas, porque llamaba su atención la libertad con la que piensa la sociabilidad ejercida por las corporaciones y la manera en que describe los mecanismos del poder.
Los ejemplos novelísticos son válidos y sumamente interesantes para T. A. con el objetivo de observar de qué manera el mundo de los negocios se intersecta con la brutalidad de la vida. Elige tres novelas que enmarcan la obra de Jackall y que representan tres dineros. La decadencia del capital mercantil, desarrollada por Thomas Mann en Los Buddenbrook, modelo de degradación de las clases mercantiles a través de la historia de tres generaciones que consumen el patrimonio familiar. La psicopatía del capital financiero en ascenso graficada por American Psycho, una novela de Easton Ellis cuyo protagonista es un yuppie asesino. Y finalmente, la contracara de ese universo yuppie, el negocio de la pobreza y la marginalidad develado en el libro de Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades.
El punto de vista materialista queda definido así como el enfoque que describe los mecanismos del poder, es decir, revelar todo un juego social dado en toda organización con la que se instituye un poder. Un análisis del poder corporativo de lo que Michel Foucault definió como microfísica del poder.
Jackall propone que el bienestar del trabajo corporativo depende de los contactos, de la suerte y de las autopromociones. ¿Qué es lo correcto para estas modalidades de estrategias, alianzas, podios y desbancamientos para promociones personales y según que jerarquías, símbolos, apariencias y máscaras se establece dicha sociabilidad? La ética de los negocios, dice Jackall, se inscribe en la ética burocrática. Pero no se trata de la burocracia weberiana. La moralidad corporativa inspirada en el modelo del estado prusiano se conjuga con el estilo norteamericano y el resultado de este encuentro es algo similar a la burocracia patrimonial, concepto adecuado para el análisis político del sistema cortesano. Se refiere más específicamente a una burocracia híbrida en tanto combinación entre facetas de la organización moderna y la recreación de la burocracia patrimonial en el contexto de la corporación.
¿Cómo funciona? Según un tipo de relaciones sociales homologables a las del patrón-cliente, a partir de las cuales el subordinado debe reforzar su subordinación constantemente. Si la relación empresario-cliente se sustenta en el intercambio de servicios, esta otra se enuncia por la existencia de lealtades personales, que ponen en funcionamiento una maquinaria paranoica plagada de patronazgos, intrigas y conspiraciones. Aún así la corporación incorporó un agudo sentido de la contingencia organizacional, algo impensable en otros tiempos. Se expresa en jerarquías ambiguas, estructuras paradójicas, el control de los rostros públicos, racionalización de las caras y gestos, de las apariencias y los modos de presentarse, que remiten también a un control de las emociones, abriendo posibilidades a la fabricación de espacios para mostrarse, así como para el ocultamiento del conflicto tras la aparente benignidad del ambiente social de la corporación, gestionado especialmente por dos figuras: el jefe, pero especialmente se detiene en el consultor, quien elabora la literatura gerencial difundida y destinada al establecimiento del buen control de los lugares de trabajo. Se puede leer en ellos también cierta aceptación del mundo como se pretende que es, sencillo, dominado por el poder y el dinero, con problemas simples, sumado a los consejos para alcanzar el éxito. En este último sentido se recurre a la historias de éxito, de esta forma el rostro público empresarial penetra en el ámbito privado despertando diversas emociones y modelando los códigos de una correcta sociabilidad.
Abril 25, 2008 a las 1:06 am |
He leído atentamente, con mucho interés pues, si entiendo, la pretensión es materializar que hemos concluido algo: la primera parte de la primera parte, la modalidad empresarial de la ética, las primeras sesenta y pico de hojas del libro que trajimos para hacer nuestra experiencia, nuestro experimento, de aprendizaje y de participación.
Hay un recorrido por La empresa de vivir y sobre cuestiones de las que hemos llegado a proponer en nuestros post o comentarios, añadidos metodológicos (Foucault) y conceptuales (Deleuze) (enriquece la distinción entre la gravidez y lo que la desafía: “el espíritu no es mejor, pero es volátil” – say no more!), rozamientos con desarrollos futuros, un interesante trabajo de conjunto, una –apreciada, en este caso– intención unificadora; sólo restan detalles, como el post JACKALL que nos han prometido y que a su tiempo vendrá seguramente. En fin, que esto me ha hecho pensar que estamos en un punto de nuestro trabajo del taller, de nuestro ejercicio de lectura, del que me gustaría decir algunas cosas.
Se trata de un punto en una línea temporal, el otro punto es el comienzo, cuando comenzamos a fines de mayo del año pasado, casi un año. Entre los dos, no cabe figurarse una línea recta sencillamente porque no hemos recorrido, evidentemente, “el trayecto más corto”. Eso porque nos importa hacer valer la distancia entre el título y el acto. Pero, además, en la composición de nuestra aventura estamos en un momento peculiar, puesto que “terminamos la primera parte”, pero mantenemos una relación diferente con cada sección. Lo que me mueve a pensar es, sobre todo, el estado actual de la lectura. Aunque “terminamos la lectura”, momento de cierto desprendimiento y la necesidad de la más atenta reflexión (una voluntad que reúna todo lo que se ha ido vertiendo), nuestra relación con cada parte leída es propia y distinta, sin que esté tan claro. Más o menos, si estamos “al día” y llevamos trabajada la primera parte de la ética-tragedia, ahora tenemos escrito sobre la sección de la empresa, conversada la sección del Estado y leída la sección relativa al trabajo. O sea, ‘todo’ está activo bajo nuestra atención, a su manera. Creo que acá hay un funcionamiento dialéctico (favorecido por la casualidad, de elegir este libro, de empezar por el principio y de que se presente una tríada), que nos permite reconocer mejor la forma de nuestro ejercicio. Leer, hablar y escribir es una triangulazión que realiza un círculo, no es el del ser sino de lo que está en vías de ser, producción de este taller de lectura. Me gusta esa idea de las maneras de prestar atención (“¿cómo haces eso de concentrarte? ¿cómo es que puedes hacerlo?”): una manera de leer que busca extraer para hablar, un modo de conversar que alienta a escribir, una escritura que da que leer, que prefiere unas maneras de leer y quizá a veces hasta tenga la arrogancia de escoger sus lectores.
Pero estamos en un pasaje crucial, enfrentamos un peligro nuevo, al que tendremos que conjurar y vencer, relativo a las conclusiones. Digamos que concluir y extraer conclusiones es destino final querido, lo estamos buscando, hacia eso también estamos en camino; pero hay un efecto de ‘cristalización’, propio del trabajo terminado, ante el que debemos proceder con cautela. Es importante retener el alto grado de provisionalidad que tienen nuestras actuales conclusiones; capaz que aplicar esa dialéctica nos permita sostenerla, probablemente haya que recoger – y arrojar – “armas” algo más sofisticadas o con algún otro implemento para recuperar las partes anteriores, operación indispensable para que el conocimiento fuera siquiera posible. Creo que este trabajo de unificar los fragmentos que inicia ile, además de aportar una cosa nueva a nivel de elaboración, de un nivel superior porque selecciona de otros menores esfuerzos segmentados, tiene una forma de alcanzar la conclusión que podemos aprovecharnos: como una manera de integración a otro nivel.
Basta, no sé si es lo central de lo apremiante, que nuestra atención, guiada por interés, retenga las partes anteriores a medida que ‘asciende’ en la línea. Lo central es que algo apremia, y la nueva dedicación que asumimos es un síntoma de que eso nos ocurre, que somos sensibles y vamos a enfrentarlo, sean las conclusiones o como quieran llamarle. Porque ahora para que sepan (porque para pedirles que vengan me parece absurdo), nos juntamos todos los sábados, a las 15.30 a partir de este sábado.
Bueno, este sábado nos ocuparemos en el taller del final de la última parte: Sin pan y sin trabajo, NRG. Después empezamos a leer la cuarta parte, pero eso no lo haremos la semana que viene, en seguida tenemos que madurar la “unidad” de todo este proceso que se hizo extenso y eso también quizá lo haya complicado; pero es cómo y desde dónde está, que podemos seguir. Y seguir quiere decir retomar, insistir, no para decir lo mismo ya dicho, sino otra cosa a partir de lo mismo. Mostrar el carácter ético y político de todas estas preocupaciones, reconocer el aspecto trágico de cada una de estas manifestaciones, examinar los elementos y tratamientos que nos permitan señalar cómo es que lo hizo. Una forma que podemos reactivar es la de aislar los conceptos y su caracterización (esos después los ponemos en el blog para el “mapa conceptual”); continuar con los esquemas y resúmenes y tratar de exponer los comentarios que nos surgen, elaborarlos hasta hacerlos compartibles, que para eso estamos también; intentar otras integraciones provisorias, etcétera. Toda la tarea que nos conduzca a algo que esté bien hecho.