Mariano Iriart*
“Hoy las nuevas formas del poder que se van diseñando nos colocan en el umbral de un nuevo mundo que exige de nosotros, los que escribimos ideas, nuevos instrumentos teóricos”
Tomás Abraham, Pensamiento rápido, p. 105.
Querría esbozar una idea para destacar algunas cosas que encuentro interesantes, vinculada a esos instrumentos teóricos nuevos que hacen falta generar; idea que, como apunta el título, trata de una advesariedad entre dos líneas de análisis posibles, eso denominan, en referencia al estudio de las nuevas formas del poder que se están diseñando: por un lado, un pensamiento sobre la actualidad de su ejercicio, en frente, la elaboración de una teoría del poder actual. Es una distinción provisoria, pero la diferencia estriba en la aceptación o la indiferencia ante la noción de biopoder: porque el primero ni la menciona, mientras el segundo, en cambio, hace de ella una de sus piezas fundamentales. Coinciden, sin embargo, en dos puntos: ambos buscan atender al problema de captar las formas actuales de poder y se apoyan para ello en los aportes del filósofo francés que nos convoca. Por lo demás, forma parte de una investigación más general que estoy desarrollando en torno a lo que podría ser “objeto” de las investigaciones de Foucault. En este caso, y adelanto por quién apuesto en esta lucha, sería un acercamiento a la cuestión desde un perfil negativo, es decir, para ver cómo y por qué lo que se llama biopoder no es el mejor candidato a ocupar la posición del objeto, a desempeñar ése papel. Y no lo es precisamente porque, pese a las apariencias, no es algo de lo que Foucault llegue a hablar; en definitiva, diré, ni es un concepto “foucaultiano”.
Vamos por tramos. Señalo lo de las apariencias, porque la filosofía, la ciencia y la teoría políticas han reconocido últimamente en la noción de biopolítica un instrumento útil para intentar el desarrollo de una nueva teoría del poder, dando cuenta de su ejercicio actual. Se pretende un análisis explicativo de la forma que asume el poder en sociedades como las nuestras, partiendo de la supuesta “enseñanza foucaultiana” de la naturaleza de bío-poder, o sea, del poder que se ejerce teniendo como objetivo y soporte la vida de las poblaciones; y desarrollando sus implicancias, que habrían sido más bien descuidadas por Foucault. Me estoy refieriendo concretamente a Agamben, Esposito, Negri, y a la intelectualidad vernácula que se excita con esta renovación de ideas.
Sin embargo, todo esto, a mí, en secreto, no me dice demasiado; mueve en mí sospechas únicamente. Mucho me temo que ‘biopolítica’ sea de esa clase de construcciones fabulosas de las que habla Nietzsche, que nacen de los residuos de una metáfora y se convierten en dados con los que se juega a la verdad. Le incumbe “las generales del concepto” indicadas en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Una de esas palabras como “mamífero”, expresiones tautológicas, en las que sus “hallazgos” son colocados en el lugar antes de iniciar la “búsqueda”: Si doy la definición de “biopoder”, y luego de analizar un efecto, una maniobra, una técnica, una estrategia de poder, declaro: “he ahí un biopoder en ejercicio” no hay mucho que admirar de esta verdad así obtenida; tal vez sea algo cierto, pero dudo que signifique demasiado. Tiene un valor limitado, “es [una verdad] antropomórfica de cabo a rabo”, tiene una utilidad taxonómica, pero no contiene un solo punto que sea ‘verdadero en sí’; un concepto y, en cuanto tal, basado en la equiparación de casos no iguales, perdiendo así la posibilidad de pensar en esos detalles que permanecen insignificantes, desapercibidos. En fin, aunque hay mucho más, se trata en satisfacerse con manipular el dorso de las cosas.
Irrita mi sensibilidad, por decirlo de algún modo, la referencia a Foucault en todos esos estudios e investigaciones. Siento, en efecto, que esta utilización en lugar de acercarnos, nos aleja de lo que podríamos considerar el marco de sus enseñanzas: intentar construir una teoría del poder, incluso si se trata del que se ejerce actualmente, sea ella posible o no, es en verdad muy poco “foucaultiano”. No quiero decir que sea imposible desarrollar una teoría del poder actual a partir del concepto de tecnología biopolítica, no lo sé, pero no es esa la dirección por la que quiero avanzar. Supongo que en ese caso debería leer Giorgio Agamben por ejemplo, muy atentamente y desarrollar mi exposición en la forma de la ‘crítica’, criticarlo quiero decir –– eso lo sé, por lo de la propia sensibilidad que recién les mencionaba. Pero no es por ahí cómo me acerco a la idea que comencé de una tensión entre el problema de la actualidad y el significado de biopoder.
A lo que quiero llegar con esta distinción, y que me parece importante, es que este otro modelo de análisis, al que refiero con ‘actualidad’ y que es el que me interesaría alcanzar, elude, al igual que Michel Foucault por cierto, plantear la cuestión del bíopoder. Entonces, otras lecturas, afines a Foucault y a mi sensibilidad y que me susurren algo respecto de las características de este presente, de su existencia peculiar.
Voy a empezar con una cita de Tomás Abraham. “En el último curso editado de los seminarios de College de France, El nacimiento de la biopolítica – comienza diciendo – Michel Foucault nuevamente nos despista”, porque en su recorrido no encontramos referencias a temas biopolíticos. A pesar del nombre que lleva el curso, continúa – “el desarrollo de sus clases no gira alrededor de un supuesto megaestado que planifica la vida de las poblaciones mediante técnicas de mejoramiento de la especie, experimentaciones bioquímicas para usos letales, control de las pirámides poblacionales, usos espurios del medio ambiente”, etc., es decir, todas cuestiones que se hayan presentes, son objeto de disputa y constituyen problemas eminentemente “biopolíticos”; sino que es un curso de economía, más concretamente “del poder de lo económico en las estrategias de dominación de las sociedades contemporáneas”.
Bueno, ahí está todo lo que les dije y lo que todavía me queda por decir. Resta entonces, destacar algunas cosas y señalar algunas coincidencias. Se trata de un pequeño texto que se llama “Michel Foucault y la economía” escrito en oportunidad de la publicación en francés del curso de 1979, Nacimiento de la biopolítica de reciente aparición en español. Decía que allí Foucault, una vez más, nos despista. Está bien esa expresión, viene al caso. Hay una huella que los sabuesos invitan a seguir, pero resultan burlados (risas). Hay un gesto, que se reitera en Foucault, que consiste en desplazarse ‘lateralmente’ como un cangrejo, respecto del problema y las preguntas que incita, hacia las condiciones de problematización que la hacen posibles, perdiendo el rostro al escribir. Usa la primera persona del plural, “nos despista”, pero es un recurso de estilo para lograr una complicidad, que en seguida deshace por otro lado al señalar en qué consiste este desplazamiento: “En realidad – dice inmediatamente – su elaboración [la del curso] se entreteje inevitablemente con los caminos que conducen a la política francesa en su afán de ajustarse a la economía mundial. Es decir, al auge del neoliberalismo”. El desarrollo de sus clases gira en torno a lo que podríamos denominar el ‘arte neoliberal de gobernar’, precisamente eso que los argentinos descubrieron en 1990, una década después, y que el mismo Abraham tematiza, cinco años antes de la publicación de este curso, en el año 2000, con La empresa de vivir, donde afirma: “el nombre de Michel Foucault se repite varias veces en el libro. He recorrido alguna de sus propuestas, pero no he aplicado sus ideas ni he demostrado supuestos anticipos; las he tenido en cuenta para ordenar las mías” (p.16).
No sé si pudieron seguirme con las cronologías, pero yo encuentro aquí una primera coincidencia notable, en el hecho de que sin seguir sus enseñanzas hayan operado idéntico desplazamiento hacia “lo económico”, la economía como instancia cultural. “Me he interesado – expresa Abraham, haciendo de ella el objeto crítico del libro – en la pretensión filosófica de la economía”. De alguna manera, “(la) economía” se arroga la potencia de formular las mejores preguntas y la capacidad de penetrar más profundamente la naturaleza de lo humano. Quizá no haya que exagerar, en vistas a que quien llega a sugerir esta coincidencia es también Tomás Abraham, de manera que pueda interpretarse que lo que hace funciona como un mantenimiento de la vigencia de su propia investigación y un sostén de la corrección de su contenido. ¡No ha mostrado anticipos de Foucault y ahora vendría Foucault a mostrar sus anticipos!
Pero hay otra coincidencia que me gustaría profundizar un poco más y es que La empresa de vivir, por su parte, tampoco menciona a la biopolítica y no exactamente porque no tenga oportunidad, porque sus temas se alejen demasiado o porque desconociera en aquel momento el término. Hay varios pasajes que se podrían escoger para ver cómo él ha alcanzado este desplazamiento; señalo dos y consideremos un poco uno de ellos porque no hay más tiempo: el análisis del fenómeno diverso y multiforme que congrega el concepto “calidad de vida” del que se ocupa en la cuarta parte; y el que con evidente alusión a Nietzsche denomina “Transvaloración”, punto dos del primer capítulo. En ambos se refiere a Foucault, pero al primero lo relaciona con su concepción de la ética, en el segundo en cambio hace mención a la genealogía del Estado benefactor trazada por Foucault en Omnes et singulatim, refiriréndose al poder pastoral y al poder de policía, tecnología y técnica esenciales del (bio)poder. “El pastor de hombres y la buena policía” (pp.71-75) son los ideales de una racionalidad política, que tiene por objeto la vida de las poblaciones y se propone como fin su felicidad, tangencial a su normalidad. Tomamos en consideración a este último, pues estamos en el corazón de la revelación del biopoder. Pero se ve que eso no es lo fundamental, sino que estamos ante la perspectiva de otro arte de gobernar, otro régimen de veridicción, otra racionalidad para la tecnología de poder.
Transvaloración se llama porque trata de una secuencia de inversiones de valor a partir de las que dar cuenta de la “crisis del Estado”. Presenta allí los argumentos construidos por los “economistas culturales”. Comienza con Foucault, pero amablemente lo traiciona. Menciono directamente uno de los apartados centrales, profundamente nietzscheano que se llama “La importancia de un pequeño accidente”. Allí indica, con F. Ewald, que “la constitución del Estado benefactor no se debe a la aplicación de las doctrinas de la filosofía política sino al trazado de una red de prácticas sociales múltiples por las que circula un modelo de asociación y protección desconocido para las teorías políticas vigentes” en el siglo XIX. Interroga, entones a partir del libro de Engels de 1845 La situación de la clase trabajadora en Inglaterra, la formación de un liberalismo social de mercado, concebido sobre la base moral burguesa de la seguridad y la solidaridad. Da cuenta de uno de los primeros enfrentamientos por los que atravesó el proteccionismo del Estado. Pero señala que lo que se produce es una mutación en la razón liberal: “emerge (…) un Capitalismo Benefactor que no se producirá por generación espontánea, sino que deberá ser impulsado por una razón liberal que (…) imagina un arte de gobernar en el que el espacio social se hace cargo él mismo de sus procedimientos de control y autosustentación” (p. 84). La inversión radical de un “intervensionismo liberal” que sustituye la idea de un gobierno de la libertad por un régimen de obligaciones en torno a la seguridad (p. 86); que invierte la dirección del derecho, cambiando el contenido de la responsabilidad (pp. 85-6); que transforma la relación trabajo-salario en la de servicio-subvención (pp. 86-7; y “Supervivencia” pp. 102 y ss.) Desarrolla una inteligiblidad de la mecánica del egoísmo humano (pp. 64-70): en el nuevo sistema social de competencia no hay víctimas sino perdedores. Y “como coronación de este festival de novedades está el managment” que abreva de todos los conocimientos y orienta el saber hacia la eficacia (p. 99).
Unas pocas palabras para tomar en consideración el último tramo de esta parte de la transvaloración que es además un tema recurrente en el libro: la crisis de los intelectuales. Marca entre los economistas culturales y los intelectuales críticos, un mutuo y simétrico desprecio. Recoge lo que dicen von Mises, Hayek, Drucker, Schumpeter sobre los intelectuales, portentos que embisten contra la buena conciencia que protege a los formados en universidades y universalidades. Lo compara y diferencia con lo que Foucault llama un intelectual específico.
* En las Jornadas sobre Michel Foucault, Mar del Plata, 2007